Solo 17 años tenía Edwin; una de las víctimas de los 9 encontrados en la salida a Tixtla


Margena de la O
Chilpancingo, 6 de mayo. Edwin Geovanni Guzmán Martínez comenzó a trabajar en la tienda El Güero, en Tixtla, apenas el martes 24 de abril, para repartir refrescos de la empresa Coca-Cola en ese municipio. A los 12 días de jornadas laborales de hasta 16 horas, lo mataron junto a siete personas, incluido su patrón a quien, a decir del padre de este joven, delincuentes le habían advertido que no lo querían verlo repartiendo el producto después de las ocho de la noche.
Edwin Geovanni, originario de Chilpancingo y con 17 años, es la víctima más joven del hallazgo de nueve cadáveres en una camioneta de redilas color azul con blanco abandonada en el libramiento a Tixtla este sábado, a quienes el gobierno del estado, sin ofrecer elementos, se refirió como presuntos delincuentes: “(…) utilizaban esta camioneta para vender productos de consumo, presumiblemente de procedencia ilícita”, se lee en el comunicado oficial.
El padre del muchacho, quien pidió se le reservara el nombre, comenzó la plática sobre su hijo el sábado por la tarde, cuando esperaba que le entregaran el cadáver en el Servicio Médico Forense, quejándose de las horas de trabajo que le exigían en la tienda que lo contrataron en Tixtla.
“Se levantó a la seis de la mañana y empezó a llegar muy tarde de trabajar, nosotros platicamos con él: le dije, oye amigo, por qué llegas tan tarde. ‘Lo que pasa es que repartimos en Tixtla y en varios lugares’”, dijo que le contestó su hijo cuando le cuestionó sobre sus salidas del trabajo después de las nueve de la noche. Aseguró que le pidió que sólo trabajara, si acaso, una semana más ahí.
Los dueños de la tienda donde laboraba Edwin Geovanni asumieron un rol de repartidores del refresco en Tixtla, después de que la empresa trasnacional decidió ya no meterse en esa zona, al parecer, por las movilizaciones de estudiantes de Ayotzinapa.
Esta es la versión que conoce el padre del menor que se dio un receso escolar: “supuestamente dicen que por los normalistas (dejó de distribuir la refresquera en Tixtla), que les quitaban sus productos y los camiones”, comentó.
Las víctimas abandonadas en el libramiento a Tixtla, lo informó la Vocería del Grupo Coordinación Guerrero, desaparecieron el jueves pasado, según una denuncia que documentaron.
Ese día jueves, de acuerdo al padre, Edwin Geovanni se comunicó temprano con su madre para decirle que si le podía ayudar con ropa limpia, porque ya no tenía lista para la mañana siguiente. Pero desde las nueve de la noche que intentaron localizarlo de nuevo ya no pudieron.
El padre exhibió que el viernes, él y familiares, acudieron a la tienda o distribuidora del refresco a saber qué pasó con su hijo o por qué no llegó a casa, y la dueña, esposa de Esteban Nava, identificado como el propietario, también asesinado, les reveló, después de esperarla varias horas, que delincuentes privaron de su libertad a algunos trabajadores.
El sitio de la privación de la libertad fue en el triángulo de Tixtla, es decir, donde se juntan el libramiento y las carreteras a Chilapa y Apango.
“La señora no nos contó todo, ella ya tenía conocimiento. A ella le hablaron temprano, no sé quién, de que ya los tenían; se supone que le pidieron un rescate pero no lo quiso dar”, denunció el padre.
Lo que pudo saber él y familiares de otras víctimas, es que a seis trabajadores de la tienda se los llevaron en ese punto carretero, incluido el dueño, y que después privaron de su libertad a otros cinco de sus familiares. Hasta ahí serían 11 las víctimas, pero a dos los liberaron sus plagiarios.
El padre del adolescente denunció que al dueño de la tienda le habían amenazado y no atendió la advertencia: “ya les habían dado dos avisos y no entendió el señor: ya no los querían ver después de las ocho. Les quitaron productos y no les hizo caso”.
A Edwin Geovanni, en una de las dos semanas que trabajó en la tienda, según el papá, ganó 2 mil pesos y sus patrones valorarían apenas si le darían prestaciones.
El cadáver del adolescente fue sepultado la tarde de este domingo, entre los Tlacololeros, sus compañeros de la danza tradicional de Chilpancingo, quienes lo siguieron desde la calle Humberto Osorio del barrio de San Mateo, donde está su casa, hasta el panteón municipal.
A su padre, antes de que le entregaran su cuerpo, dejó claro lo poco que confía en la justicia de los gobiernos: “a ellos no les puedo pedir nada, porque realmente no hacen nada… no son aptos ni capaces”

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